lunes, 10 de marzo de 2008

Resistir a Cascotazos

El Solarium

Roberto tiene 63 años, y estuvo internado en “El Solarium” de Mar del Plata, que estaba comprendido en el esquema sanitario de la “Fundación Eva Perón”. Desde que tenía dos años, hasta los trece. Había quedado huérfano de padre, su madre trabajaba cómo empleada doméstica, y el se enfermó, no sabe bien de que, pero si sabe que la fundación le salvó la vida.

-“Era el único lugar donde me podían curar, y gratis, recuerda, había los mejores servicios y los mejores médicos”.

El “Solarium” ya no existe, estaba a 5 o 6 cuadras del “Asilo Unzué”-que todavía se puede ver-.


El frente de la edificación se encontraba en la calle Florisbelo Acosta, y la entrada daba justo a la calle Liniers. La playa estaba cruzando la ruta, a cincuenta metros teníamos una empalizada muy baja de madera, luego estaba la barranca”. Volvió, buscando su historia un par de veces, y solo encontró pequeños trozos de mosaicos de los pisos pertenecientes a los baños. Todo fue arrasado con las topadoras, y la furia de los fusiladores.

Eran unos cincuenta varones y unas cuarenta chicas, nos cuenta, que vivían, comían, estudiaban, recibían asistencia médica y hasta juguetes de “La Fundación”.

La administración estaba a cargo de una congregación de monjas católicas. Recuerda también a un “Cura viejito” que daba misa todos los días, que vivía en la misma fundación.

Un día en la vida de la fundación

Arrancaba bien temprano, había ronda médica todos los días, y los chicos eran revisados uno por uno; a las seis de la mañana, asistían a misa y después el desayuno y a jugar un rato, hasta media mañana, donde les daban de comer un sándwich de carne o de hígado.
El almuerzo y la cena empezaban siempre con sopa, invariablemente. El plato principal variaba según las instrucciones del médico, las dietas eran personalizadas.

Después del almuerzo, dormían una siesta de media hora y seguía una merienda, luego tenían clases, con una sola maestra, que se las arreglaba con todos, y hasta se hacia tiempo de sacarle punta meticulosamente a todos los lápices. Después escuchaban –en un recreo- el programa de Tarzán, mientras se comía algo. A las 9, cena y a dormir.

Ahí paso toda su infancia, hasta que se tuvo que ir. La furia de la Revolución Fusiladora estaba destruyendo todo, los sacaron de ese edificio para trasladarlos al “Sanatorio marítimo” y de ahí los “despachaban” para sacárselos de encima cómo si fueran paquetes el tema era castigarlos por haber sido privilegiado doblemente, por niño y por haber sido cuidado en la “Fundación”. El corrió con más suerte que la, mayoría de sus compañeros, ya que tenía una familia a donde regresar.
Casi del todo recuperado, aunque un poco flaco, volvió a su Venado Tuerto natal.

Dice haber tenido una infancia muy complicada, pero feliz. No duda que se cumplía aquello de que “en la Argentina de Perón los únicos privilegiados son los niños”. Siente que fue uno de ellos.

Pero no el único, para esa época, llegaban muchos rusos y judíos huyendo de la guerra, ellos los llamaban “Rusos Blancos”, y tuvo alguno de esos chicos como compañeros. Era imposible comunicarse, porque no hablaban nada de castellano. Esos chicos estaban desnutridos, y venían de una guerra, cabeza casi blanca de tan rubia y con mucho hambre, desnutridos al punto de que algunos, a pesar de las atenciones, no lograron sobrevivir.

En una ocasión, echaron a una enfermera de alto rango porque quemó-en un descuido- a un chico con “untura blanca”. Las inspecciones eran permanentes y estrictas, si la sopa tenía más grasa que lo aconsejable, el director, que hacía rondas sorpresa y controlaba, tiraba toda esa sopa. El personal de cocina tenía que correr para volver a cocinar en el poco tiempo que les restaba porque los horarios de comida se debían respetar a pesar del error.

Había horarios, y una disciplina muy estricta, por eso su infancia fue diferente a lo habitual, pero recuerda que “lo que pedíamos la fundación nos mandaba”, en la administración había un libro, de forma apaisada, donde las monjas anotaban los pedidos de los chicos. Nada les era negado, ni siquiera el sombrero de corcho, tipo explorador que se le ocurrió en una ocasión. Tenían música funcional con música de tango, folclore, española y clásica, en todos los ambientes y hasta radios “de esas enormes” para escuchar los partidos del domingo, la Revista Dislocada, Los Pérez García, El Glostora tango club, y todo lo que les gustara. Esas radios sirvieron para estar al tanto de lo que estaba ocurriendo en el país, gracias a esa radio estaban politizados e interesados por lo que se venía, no eran ingenuos en el tema de política argentina.

Años más tarde entendería a los chicos que habían estado antes que él, y volvían en a pedir permiso para quedarse en las vacaciones de verano, cumpliendo todos los rigores de la disciplina, algunos en edad militar llegaban con sus uniformes y se ponían a disposición de la administración para ayudar con los demás chicos. Era una forma de agradecimiento y de regresar a la seguridad de la “Fundación”.

Travesuras

El depósito de juguetes estaba en la torre, y el había armado una ganzúa con un tenedor, con la que habría la puerta.

Luego, cambiaban los juguetes que conseguían de esta manera por “porquerías” con los chicos de afuera; hasta que el diente del tenedor con la que habría la puerta, no aguantó tanta fricción y se rompió dentro de la cerradura. Recuerda con especial asombro los trenes eléctricos, y los califica como “joyas mecánicas”, piezas que hoy salen “una fortuna” tener, sólo es para gente muy adinerada, “-en aquellos años, nosotros sólo, teníamos que pedirlos”.

Con la misma técnica abrían los depósitos de ropa, para cambiarse los mamelucos marca “dos muñecos”, que usaban para jugar, por otros nuevitos e impecables, cuándo el juego de pelota los había dejado “a la miseria”. De esta manera lograban presentarse a la perfección, aunque el juego se hubiera desarrollado en un mini-pantano.

Nunca hubiera imaginado, que años más tarde, esa habilidad aprendida para hacer una travesura, la tendría que utilizar para abrir las puertas de los depósitos de comida, que aunque había en abundancia, les era negada con el único fin de difamar el gobierno de Perón, poco antes de la caída.

Se acercan los problemas

La muerte de Eva Perón en 1952 no afectó el funcionamiento de la fundación, todo seguía llegando como antes. La obra de Eva continuaba, ahora en manos del General Perón.

Pero los problemas empezaron un tiempo antes del golpe de 1955, las monjas ya en el año 53 o 54 armaban “operativos” contra el gobierno, diciéndoles que no mandaban medicamentos y comida, después los ponían a rezar, para que el Espíritu Santo les enviara las cosas que faltaban.

En una ocasión los tuvieron un día entero solo con mate cocido negro. Al mediodía las monjas los pusieron a rezar, y él y un grupo de “los más viejos”, se escaparon por debajo las camas, reflotando la vieja técnica aprendida para abrir puertas, recorrieron el lugar, que a pesar de que era muy grande, ellos conocían bien.

Encontraron la despensa abarrotada de comida, y con un montón de bandejas de masas finas, listas para servir. Demás está decir que se dieron un atracón.
A eso de las tres y media de la tarde, las monjas aparecieron con las masas finas que el “Espíritu Santo había mandado”, y que había sobrevivido al ataque, por supuesto.

A partir de ese momento, el conflicto de Perón y la iglesia se empezó a sentir. En las misas, desde el púlpito no se hacía otra cosa que criticar al gobierno, tildándolo de corrupto y dictatorial. A las misas asistían los vecinos del “Solarium” y así el “mensaje cristiano” se difundía sutilmente por todo el barrio.

El ambiente era cada vez más espeso, desde la parte alta de la edificación, que daba hacia el mar, fueron testigos del cañoneo de Rojas contra la costa. Los acorazados tiraban, y ellos, con unos larga vistas del “cura viejo”, veían como volaban las casillas de los pescadores, que a esa hora dormían. El saldo fue de familias enteras masacradas.

Poco después, el “cura viejo” sería reemplazado por una más joven y combativo, que apareció de un día para otro en la sacristía, armado con una pistola que portaba en la cintura. Ante la situación, el religioso alegó que debían andar armados porque eran victimas de permanentes agresiones en la calle, por la situación que vivían con el gobierno, que perseguía a la iglesia. Como el era el monaguillo, y tenía llaves de la sacristía, pudo verlo ese día, mientras se cambiaba para dar misa. Sorprendido por lo que había visto, con un grupo de los más grandes del lugar, empezaron a seguirlo, mas grande fue su asombro cuándo descubrieron, que además de andar armado, tenía novia.

Resistir a cascotazos

Ahí empezó su aporte a la primera resistencia, con las armas que tenían a mano, - “porque si esta gente lo quería “cagar a Perón” y Perón nos había dado todo, el resultado final era bastante simple, a la hora de identificar al enemigo”.

Se escapaban por las noches, eran un grupo de entre tras y cinco compañeros; a cascotear iglesias, y de ser posible, curas, por el centro de la ciudad. Esa era la venganza. Como el era el monaguillo, no podía cascotear al cura de la fundación porque tenía que asistirlo y no podía faltar para vigilarlo, así que esa tarea quedaba en manos de los otros tres o cuatro, que escondidos en los árboles, o en los pastos altos de los zanjones lo esperaban al sospechoso religioso y lo cascoteaban hasta que llegaba al portón. El cascoteado, en los primero días, cuando llegaba comentaba que le resultaba difícil saber de donde le tiraban. Pasaba que se los enviaban tipo mortero, le caían de arriba, además siempre le cambiaban la posición. Invariablemente el cura llegaba cascoteado a dar misa, sin saber de dónde venía el ataque.

Esa es la forma de resistencia que habían desarrollado, para manifestar la bronca que tenían por la perversidad que veían en esta gente.

Cuándo los trasladan al “Marítimo”, quedaron internados únicamente los que no tenían familia. En el año 64, Roberto vuelve en busca de su pasado. La mayoría había muerto, por falta de medicamentos y de comida. Fue un acto criminal. Solo encontró a la vieja maestra de labores, que le contó cómo uno a uno fueron muriendo, abandonados.

En el lugar del Solarium, en ese año, funcionaban oficinas de la Fuerza Aérea, años después había sido todo arrasado. No quedó nada en pie, eran cuatro manzanas, compuesta por la edificación, las quintas, el gallinero, el monte frutal.

Los baños tenían bañeras que se llenaban con agua del mar, que entraba por un túnel que comunicaba a la playa, y cuándo la marea estaba baja, les servía de escape directo a la playa, en otra de las travesuras infantiles de aquellos años. Por simple aventureros, ya que los llevaban a la playa a diario en colectivo, y tenían playa exclusiva y bañero para ellos, pagados por la fundación. Tenían la playa para los varones, la playa para las mujeres, y las monjas al medio, recuerda, y arriba, sobre una plataforma, dos bañeros, todo gratis.
Infancia difícil por las circunstancias, pero llena de privilegios gracias a Evita, desliza, casi como una sentencia.

Una vez afuera, y en primeros años de los`60, estaba participando con los grandes de aquella primera Resistencia con la banda del “chito”que ya tenía en su foja de servicios, entre otras cosas, la toma del 11 de Infantería de Rosario. Así conocía el otro escenario donde poco tiempo después debería actuar.

Un recuerdo especial

Entre los amigos, tenía uno muy especial, Miguel Shneider, estaban juntos desde los 2 años- Se conocieron en Buenos Aires, en el “Hospital de Niños”, juntos pasaron al “Solarium”. El tenía el padre que trabajaba en la Policía Federal, pocos días antes del golpe de septiembre del `55, en una visita del domingo, había ido con el uniforme-el ambiente estaba espeso- cuenta, y luego recuerda:
-“El me tenía mucha confianza y yo mucha curiosidad. Le pedí que me dejara ver el arma; le sacó las municiones y me la dejó ver sin tocarla, luego me dio una bala, me tomé todo el tiempo necesario para grabarme las formas, para luego dibujarla pero lo que más me llamó la atención fue le nombre: Ballester Molina”.
Esa era la marca de la pistola que vio en la sacristía en tiempos del golpe. Las Ballester Molina, fueron las pistolas, que adaptadas, les fueron entregadas a los “Comandos Civiles”, más propiamente a los curas. Esas armas, hoy se pueden encontrar en familias pertenecientes a los golpistas aquellos.
En este lugar se encontraba el "Solarium", el odio de los fusiladores no dejó nada en pié, pero no podrán derribar la memoria


Se permite la reproducción citando la fuente. Natalia Jaurguizahar, Agrupación Arturo Jauretche, Venado Tuerto, Santa Fe, Argentina.

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